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“Para hacer el Camino hay una motivación espiritual”


“Para hacer el Camino hay una motivación espiritual”
Un vínculo que trasciende fronteras e idiomas

Junto a la entrada del albergue municipal de Eligio Rivas Quintás descansaban tres mochilas: un signo claro de peregrinos, pero sin señales de ellos. No podían andar muy lejos: frente al hospedaje, en la terraza del bar Cervantes, tres hombres descansaban tras otro día de travesía por la Vía de la Plata. Este trío de caminantes eran Fabio Corbani, italiano; Seok-Ju, surcoreano, y António Almeida, portugués.

António, originario de la ciudad lusa de São João da Madeira, dominaba el “portoñol” y un “poquito de español”, por lo que adoptó el papel de portavoz e intérprete de sus dos compañeros, menos versados en la lengua local, pero que, chapurreando y gesticulando, se hacían entender perfectamente.

Este grupo se había ido forjando a lo largo de más de un mes de caminata. Fabio y António se habían juntado a los 18 días de salir de Sevilla y acabaron por conocer a Seok-Ju en Zamora. Su equipo había sido más grande, con un inglés, más un mexicano e Isa, una compañera que, con problemas gástricos desde hacía unos días, estaba hospitalizada en ese momento.

Fabio, como António, también era un peregrino veterano, y apuntaba que esta era su “terza”, la tercera vez que recorría una de las vías. Hasta hoy, su favorita era esta última, aunque admitió que era la más larga y difícil, unas características a las que se les habían añadido las sucesivas olas de calor de este verano y los incendios de la Sierra de la Culebra, de los que se libraron por unos pocos días. Con todo, “cada camino es especial”, explicaba el italiano en su lengua madre: “El francés, por ser el primero, y el portugués porque me gusta mucho el océano”.

Precisamente, estaban de acuerdo de que la Vía de la Plata era “muy solitaria”. El transalpino y el luso, desde que habían echado a andar en la ciudad hispalense, tardaron 18 días en encontrar a otro peregrino. “Durante tres semanas tuvimos los albergues solo para nosotros”, declaró Fabio.

El joven Seok-Ju, procedente de la provincia surcoreana de Gangwon, estaba realizando por segunda vez consecutiva una ruta a Santiago desde su llegada al país en mayo: primero el camino francés y ahora el de la Plata. En su Corea del Sur, el Camino Xacobeo, según él, “a menudo se presenta en la televisión y en internet”, pero lo que finalmente le había llevado a responder a la llamada de la aventura había sido un libro sobre el peregrinaje. Al respecto la experiencia de llegar por primera vez al Obradoiro, Seok-Ju no encontraba palabras: “Yo no puedo expresar, mucha emoción”, confesó.

Sin embargo, la incapacidad de describir no era fruto de la barrera idiomática: “Mismo para nosotros es difícil expresarlo”, comentaba António. “No es una motivación religiosa, sino espiritual; para caminar en solitario tantos días, con más de 10 kilos a cuestas, tienes que llevar algo dentro que te empuje”, explicó.

Recuerdan la amabilidad de los “pequeños pueblos”, sobre todo la de una anciana de la localidad zamorana de Tábara. El pasado domingo, con todos los establecimientos del pueblo cerrados y sin “nada para comer”, a excepción de lo que llevaban en las mochilas, la mujer les ofreció alimento y cobijo en su casa y, además, se organizó con una amiga tabernera para abrir su bar exclusivamente para los peregrinos. “¡Magia del Camino!”, exclama Fabio.

Sin embargo, el único día que pasaron por la ciudad de As Burgas tuvieron que dejar de lado el turismo y centrarse en la prioridad más acuciante: velar por Isa, su compañera ingresada en el CHUO. “Por el camino vamos creando amistades y vínculos fuertes, por eso preferimos visitar a nuestra colega y, después, veremos si tenemos tiempo para dar una vuelta por Ourense”.

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