Credencial del Peregrino
Presentación †

Desde las primeras peregrinaciones a Santiago de Compostela los peregrinos han necesitado dejar constancia de su caminar, bien realizando diarios o descripciones de sus recorridos, que van desde el Códex Calixtinus o los numerosísimos diarios que se han hecho a lo largo de los siglos.

Pero existe un documento que ha pervivido a lo largo de la historia que ha permitido certificar que la persona portadora de ese documento ha peregrinado a Santiago. Es, con un nombre u otro y con diferentes formatos, “la credencial del peregrino”.

En su momento fueron simples cartas de presentación emitidas por párrocos, alcaldes o autoridades judiciales que identificaban al peregrino que se aventuraba por esos caminos de Santiago de toda Europa. Estas cartas tenían varios cometidos, en primer lugar, de presentación ante autoridades civiles y eclesiásticas, garantizando que el portador era un auténtico peregrino. Hubo, y hay, una enorme picaresca al respecto y el aval de una institución adecuada se hacía, y se hace, necesario. Por otro lado, la credencial permitía el paso por portazgos y fielatos sin tener que pagar las consabidas tasas que se exigían a comerciantes y viajeros en general en ciudades y fronteras.

Igualmente, la credencial permitía el acceso a los hospitales de peregrinos o casas de buenas gentes que acogían a los peregrinos ejerciendo uno de los aspectos claves en el Camino de Santiago: la hospitalidad. Hospitalidad entendida del modo más generoso, que garantizaba que el peregrino pudiera descansar de modo sencillo y comer lo suficiente para seguir con su duro recorrido. La hospitalidad facilitaba el intercambio de experiencias, culturas, y formas de entender la vida que enriquecía al peregrino y al hospitalero.

Credencial del Peregrino

Y, finalmente, la credencial permitía identificar al peregrino que había hecho el camino para obtener el ansiado perdón de los pecados y que pedía una acreditación de que había cumplido su objetivo. Para certificar esto, primero se utilizaron las vieiras e insignias que se vendían alrededor de la catedral; pero el abuso de este comercio llevó a la Iglesia a excomulgar a los vendedores; y a la catedral a crear un documento en el siglo XIII, las cartas probatorias, que además de certificar debidamente la peregrinación permitía alojarse por tres días en el Hostal de los Reyes Católicos una vez que fue creado a partir de finales del siglo XV.

La Compostela, es un documento que certifica que el peregrino ha cumplido con todos los preceptos religiosos, confesar y comulgar. La Compostela no es, por tanto, un diploma por haber recorrido una determinada distancia o un determinado Camino, es un certificado que acredita que el peregrino lo ha hecho por “pietatis causa” y que ha cumplido con los preceptos previstos para que le sean perdonados sus pecados. El uso de la Compostela para certificar que se ha peregrinado a partir una determinada distancia es algo que se acordó en los años 90 del pasado siglo y ha tergiversado profundamente el sentido de este documento ancestral.

La presente exposición no es una muestra de los centenares de credenciales que se han emitido por parte de asociaciones y entidades en estos últimos 40 años, sino un recorrido por la pequeña historia de este documento que se ha hecho universal.

La Federación Española de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago está en el origen de la credencial moderna, y es la propietaria legal de su diseño que, en su momento, cedió a la Catedral de Santiago para compartir entre ambas entidades. Es, por tanto, un recorrido por los sucesivos diseños que se han ido haciendo y que también explican la historia del movimiento jacobeo desde 1987.

Todas las láminas tienen un código QR que dirige a una web donde explicamos con más detalle cada una de las credenciales y, cuando ésta merece la pena incluimos fotografías que ayudan a entender su pequeña historia. Os invitamos a recorrer esta curiosa etapa y esperamos que sea de interés para los amantes del Camino de Santiago.