Déjate inundar por esta idea: el mundo no es el lugar de dominio del hombre, sino de comunión. No saber dominar, sino saber para vivir en íntima comunión.
Quiero insistirte en el carácter simbólico del mundo: no es una realidad que en sí misma agota sus capacidades, sino trasluz de la realidad única.
Con tus ojos nuevos experimenta la identidad entre el cosmos y el yo: yo y el cosmos somos uno, yo soy el cosmos. Identidad de materia: yo soy polvo estelar, piedra, árbol, ardilla, ave voladora. Soy encina, roble, haya, brezo, aliaga ...
Interioriza tu respiración: me invade el mismo aire que respiran los árboles, que inspiran los gorriones. El aire, principio vital. Inspiro... expiro... En mí entra todo, yo entro en el todo ...
Aire, principio vital. Símbolo del espíritu primero que se cernía sobre las aguas primordiales, sobre la colina original. Aire que inunda mis pulmones, mis células, mis dedos ...
Contemplo la belleza. Me estremezco ... las altas montañas violetas... las brumas... los colores... la noche estrellada... el Sol.
"Me he quedado sólo en el Camino. Estaba a punto de salir el sol y con él he vuelto a percibir el aliento de mi Señor - ¡Qué bien comprendo hoy que todas las religiones hayan visto en el sol el símbolo más propio de la divinidad!.
El sol me ha ofrecido su rostro amable y cercano en la mañana: maravilla de frescor, de luz recién nacida, suave, anaranjada ... El calor acaricia mis miembros enfriados por la noche y me anima a la caminata sucesiva.
Sol de mediodía: asfixiante, me deslumbra y ante él cierro los ojos. Sol, señor, dueño absoluto de lo existente. Tan infinitamente lejano y poderoso que ante él cubro mi rostro y me siento, como Job, pequeño y pobre. ¿Quién soy yo para dirigirme al sol si él es lo pleno, él quien se me dirige, él quien se desborda?.
Sol de atardecer, otra vez cercano y cariñoso que prevé una feliz estancia en el refugio ante el futuro negro de la noche-muerte. Sol de anaranjada placidez, tras la desgarradora luz del mediodía.
Así es Dios, lejano, infinito, distante. Aterrador en su potencia. Tan poderosamente grande que corres peligro si te acercas: te quemas, te absorbe. Es el Poder, la Fuerza, el Señor. Y a la vez, indisolublemente unido, es la fresca caricia de la tarde, el sosiego tranquilo del paseo entre amigos, del fresco atardecer restaurador de mis fuerzas ya cansadas.
El Cosmos entrando en mis poros. El Misterio oculto revelándose en el cosmos. Las criaturas velando desvelando el escondido rostro de Dios. Dios asomándose en cada elemento.
Estremecido ante el personal aislamiento y la personal fundición con el todo, entona, alguna vez, el Cántico de las Criaturas de nuestro padre San Francisco, el de Asís.