Martes, 7 de Septiembre de 2010 51 Peregrinos conectados
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Es un hecho incuestionable que el número de peregrinos que se dirigen a venerar las reliquias del apóstol Santiago ha aumentado muchísimo. El Año Santo Jacobeo del 93 marcó un hito en ese imprevisible crecimiento. Con todo, ya en años anteriores ese progresivo aumento se hizo notar. Como P. Hospedero durante mucho tiempo, pude comprobarlo por mí mismo. De un dormitorio con unas diez camas -suficiente en la mayoría de los casos- nos vimos obligados a pasar a un antiguo dormitorio de colegiales para luego emprender la habilitación de un local para albergue, con capacidad para ochenta peregrinos.

En esos primeros tiempos era bastante fácil atender a los peregrinos que acudían al monasterio. El P. Hospedero no se veía desbordado por la afluencia de romeros, y eso que, en aquel tiempo, pasaban por el monasterio la inmensa mayoría, y en Triacastela no había albergue.

Albergue de SamosEl monje encargado de los peregrinos podía dispensarles un trato más personalizado y humano, practicando la caridad cristiana con un trato más directo y pausado. Pero ya en la década de los noventa la situación cambia de manera radical. Solamente una numerosa comunidad de monjes lograría poder hacerlo de manera satisfactoria, dedicando a dos monjes a ocuparse únicamente en este servicio durante los meses de verano.

De ahí que la disponibilidad y la ayuda de los hospitaleros esté desarrollando una labor muy importante en ese servicio de caridad cristiana, de atención al peregrino. No por eso, en nuestro caso, desaparece la figura del monje encargado del Albergue de Peregrinos. Él tiene como misión coordinar la labor de acogida a los romeros que acuden al monasterio, compartiendo responsabiliades con los dos hospitaleros que suelen ayudarnos.

A mi juicio, la labor de ambos se complementa. Por una parte, que en este servicio esté presente un monje es muy importante, pues representa el interés que la comunidad benedictina de Samos pone en la ayuda material y espititual a todos los que emprenden la peregrinación jacobea. Actualmente el monasterio mantiene abierto un albergue gratuito todo el año, en los bajos de su edificio, y con la puerta independiente. La comunidad sigue proporcionando, en todo momento, una acogida integral que no se reduce únicamente a los servicios materiales de limpieza y acomodo. Va mucho más allá, al tratarse de un itinerario espiritual facilita y fomenta la participación de los peregrinos en los rezos corales y en la eucaristía de los monjes. Además, establece un tiempo destinado a la reconciliación o confesión, para todos los que lo soliciten.

Por otra parte, los hospitaleros que nos ayudan, con su desinteresada entrega a favor de los peregrinos, hacen posible que la atención sea constante a lo largo del día. Su tarea es muy importante, ya que con su colaboración logramos una atención más individualizada, pendiente de los menores detalles. Además, los hospitaleros ofrecen a los peregrinos un testimonio de vivencia y de caridad cristiana, en unos tiempos en que el egoísmo y el consumismo lo invaden todo, poniendo su persona y su tiempo libre al servicio de sus hermanos.

Jóvenes y mayores, que en vez de pasar sus vacaciones disfrutando del descanso y de sus gustos preferidos, emplean parte de ese tiempo en ayudar a los peregrinos. Y estoy plenamente convencido de que ellos ocupan un lugar destacado en el impacto humano y espiritual, que alcanza a todo aquel que emprende la peregrinación jacobea con seriedad.

Todos somos Iglesia y hermanos en una misma fe, de ahí que esta labor conjunta entre monjes y hospitaleros, entre religiosos y seglares, sea muy enriquecedora para todos nosotros. Aprovecho esta ocasión para dar las más expresivas gracias, en nombre de mi comunidad, a todos los hospitaleros que han desempeñado esta tarea tan caritativa en nuestro monasterio, y a D. José Ignacio Díaz por su labor de promoción humana y espiritual de los mismos.

Pedro de la Portilla
Monje de Samos

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