Después de hacer nuestra peregrinación a pie desde Holanda hasta Santiago, nuestra asistencia al Cursillo de Nuevos Hospitaleros en León al año siguiente, y de 15 días de hospitalidad en el Albergue de Ponferrada, mi marido y yo decidimos dedicarnos el resto de nuestras vidas a acoger peregrinos que van a Compostela, no sólo material sino espiritualmente. La paz que sentimos en nuestro interior, la fluidez y la sencillez con que se desarrollaron todos los acontecimientos relacionados a nuestra decisión, me convenció de que ésta no era una decisión nuestra, sino que era nuestra vocación. Entendí, de repente, por qué y para qué había venido al mundo: mi vida tenía sentido.
La vocación no se elige, sino que se nos da. Es el designio de Dios sobre cada criatura, la misteriosa elección que Dios hace de cada hombre y mujer para ocupar un puesto preciso en la creación, siempre en función del plan divino. Y nosotros teníamos el don de reconocer esa voluntad divina y, más aún, podíamos responder libremente a este llamamiento. No importaba si lo que Dios nos tenía reservado era pequeño o grande, glorioso o humilde, oscuro ó lúcido, sino que, lo realmente importante era decir "fiat", hágase. ¡Qué afortunados nos sentíamos de recibir este regalo de Dios! ¡El Señor quería utilizarnos, servirse de nosotros, confiaba en nuestra colaboración! Esta gratuidad de nuestro Creador, en sí misma, es tan inaudita, tan grandiosa, que toda una vida dedicada al agradecimiento no basta para corresponder. Algo tenía claro: no quería obrar por mí misma y ante mí misma. Esto era una gracia, un don de Dios.
Como objetivo me propuse que haría todo lo posible por amar a Cristo en la persona de cada
peregrino que acogiera. Porque amar es acoger. Acoger es hacer un
lugar dentro de mí para que el otro lo ocupe; permitir al otro la entrada en mi recinto interior,
con brazos de cariño. Apertura y acogida. La acogida presupone la
apertura, el respeto y la aceptación. El efecto inmediato es la confianza, algo difícil de describir
pero muy fácil de sentir. Y, para acoger, es necesario ponerse en estado de escucha, respetando al
otro, cuya personalidad se va revelando en la medida en que estemos alerta. Esto presupone un
despojo completo de los muchos prejuicios y falsas imágenes y, así, poder acoger y asumir al otro.
Asumir significa, para mí, ser cariñosa, es decir, conducirse con un corazón afectuoso en el trato con los demás. Es ser amable, bondadoso, en sentimientos y actitudes. y para ser cariñoso no hay normas. Es diferente ser cariñoso que hacer cariño. Ser cariñoso significa, en definitiva, que el otro, a partir de mi trato con él, percibe que yo estoy con él. Es una corriente sensible, cálida y profunda. Además, quería ser de ayuda espiritual para los peregrinos que lo necesitasen. Me proponía compartir momentos de oración y reflexión con ellos, hablarles de la Buena Nueva y rezar en mis oraciones diarias por aquéllos que estaban en camino. Sabía, por experiencia propia, la necesidad de la espiritualidad en el camino jacobeo. Estos eran (y siguen siendo) los principios básicos que me propuse al considerar mi programa de acción como hospitalera.
Y es así como la hospitalidad se convirtió en nuestro objetivo de vida. Ya no nos mueve otra cosa que glorificar a Dios a través de nuestro servicio. Nuestra vida es como un barco. Navegamos con un fuerte deseo de cruzar un ancho río: el río de la vida, el río de la fe, el cual exige y, al mismo tiempo, causa asombro. El Señor está dentro de ese barco y es su capitán, llevándolo a su destino. A veces, el barco está feliz; otras veces muy seguro; a veces agitado por vientos contrarios; a veces, fuerte, abierto a pescar frutos de su Palabra profunda.
Hoy, después de tres años de experiencia hospitalaria en el Camino de Santiago, me siento amada por el Señor y en compromiso amoroso con los peregrinos. La oración es el océano absoluto y preciso en cuyas aguas navega, día a día, nuestro barco. Y cada vez más, me sorprende cómo mi trabajo voluntario trasciende todas las categorías ocupacionales, los roles, o las tareas asignadas que tuve en el pasado. Me sorprende la manera cómo va más allá de la mera motivación de trabajo que sentía antaño. La maravillosa sensación que surge del servicio desinteresado transforma mis actividades mundanas en otro plano de experiencia. De esta manera, el trabajo cotidiano de hospitalidad se convierte en un servicio de ofrenda a Dios. Y mientras más ofrezco mi trabajo y mis diversas tareas al Señor, con más frecuencia siento una profunda conexión con Su amor.
Mariluz Melis